INDICACIONES DE LOS SIGNOS

Shayj Dr. Abdalqadir As Sufi

SHAYKH Dr. ABDALQADIR AS-SUFI

ALEYAS

Podría decirse que el salto cualitativo de palabra a signo es mayor que el de letra a palabra, sin embargo, no hay que olvidar que 'la comprensión' del significado del signo se asimila más fácilmente que la conciencia del significado de las letras en cuanto tales. La llegada del Corán produce, para los hombres y las mujeres civilizados, un desplazamiento categórico de la supremacía del número como sistema de base-unidad. En verdad, el número pasa a ser considerado directa y constantemente como magia; magia manipulativa. El lenguaje es el garante de la autonomía humana, el punto de partida de la especie adánica, la vía para el conocimiento del yo/cosmos. Es más, el Corán, por su carácter -la Recitación- coloca la lengua hablada por encima de la lengua escrita. El célebre -esto es, para la clase sacerdotal de los 'ulama,- hadiz del Mensajero: 'Somos una comunidad iletrada; no escribimos y no calculamos,' no es un rechazo obstinado del conocimiento, sino que es, mucho más profundamente, una sabia confirmación de la clave de la sabiduría que está más bien engarzada en el acto del habla articulada que en todos los demás sistemas de consignación estáticos; tanto utilicen una u otra forma de lenguaje: el lenguaje biológico y primario de la experiencia o el lenguaje abstracto y secundario del número y del símbolo. Dicho sea de paso, no debe pensarse nunca que el número es un sistema cerebral y menos asociativo que la letra, puesto que el número mismo está basado en la naturaleza y depende de la naturaleza.

Desde nuestro punto de vista, podríamos decir incluso que el número, como sistema, es más simiesco que humano. Los sistemas de base decimal pueden ser vistos simplemente como poetizaciones de nuestro descubrimiento de los dedos de las manos y de los pies. Y desde luego, podría considerarse que los sistemas binarios modemos son una regresión de la conciencia a la función de
dos-miembros. Se produce una cierta agitación social en las sociedades decimales; sólo ahora comenzamos a percatarnos de la existencia de un claro abandono autístico en los grupos de sistema binario de las sociedades tecnológicas.

Con el salto de palabra a aleya, pasamos al reino de la sintaxis y de la formulación gramatical. La fascinación que les produce este crecimiento de la letra limitada (hasta la estructura oracional en apariencia ilimitada) ha dejado a los lingüistas kuffar reducidos a sus lamentables árboles de diagramas y a sus inútiles intentos de someter la lengua hablada a las disciplinas lógicas. Una vez más, la naturaleza existencial de la aleya ha sido ciegamente ignorada. Así como en su momento vimos todo el alfabeto al descubierto en la cartografía de la garganta y de los órganos vocales, también descubrimos, al examinar los signos, nada menos que la clave de la misma cognición; desde el más simple acto de descifrar hasta el encuentro gnóstico con el Real.

El Corán en cuanto clave definitiva para el desciframiento de la existencia, está destinado, por su coherencia interna, a dar cuerpo a los principios de la existencia, incluyendo el modo y los materiales mismos de su entrar en la existencia. Así, por lo tanto, el Real se dirige al Mensajero en él con estas palabras. "En verdad, hemos hecho descender sobre ti signos claros..." Aquí, el sumo conocimiento de la existencia es expresado como descendimiento de signos claros. Nos permite afirmar, en todo caso, que el acto de cognición en sí mismo es un recibir y un descifrar los signos."En los cielos y en la tierra, hay signos para los creyentes". El signo no es la cosa en sí misma. El signo está-ahí-para-ser-reconocido. El signo es un modo dinámico de comprender la cosa, a la vez que de reconocer qué es cosa. El signo es un modo que reconoce cosa y significado, no como dos entidades separadas sino como una sola, y al mismo tiempo. Es la comprensión de la cosa, repetimos, por medio de una forma de cognición que capta significado y objeto en una sola experiencia directa. No es poner una etiqueta a una cosa. El nombrar indica. El acto de reconocer los signos es un proceso transformativo de presentación dinámica de la forma-universo. Miremos de nuevo los aleyas que definen este vocablo. Aleyas, signos. 'En los cielos y en la tierra (oposición, la base de la energía creadora) hay signos para los creyentes. Y en vuestra propia creación y en la de las criaturas que Él ha repartido hay signos para aquéllos que tengan certeza. Y en la sucesión de la noche y el día, en la provisión que Allah hace bajar del cielo con la que da vida a la tierra después de muerta y en el cambio de los vientos, hay signos para la gente que razona. Estos son los signos de Allah que te recitamos con la verdad. ¿En qué relato, más allá de Allah y de Sus Signos, van a creer?'

Lo que está en juego no es ningún tipo de decisión conceptual o emocional que haya que tomarse sobre la existencia de la divinidad. El asunto consiste en la capacidad de aceptar el conocimiento que se percibe en un cierto plano de la experiencia directa. Los signos son lugares de reunión, entre la creación externa y la creación interna cognoscitiva del ser humano, en los acontecimientos que dan sentido a todo el orden de la creación. Se podría decir también que los signos son puntos-de-reunión. Los signos indican tanto cambio como oposiciones dinámicas. Son "natluha". transcritos; de la raíz LUH, que significa tablilla para inscribir. De manera que el tiempo/espacio es una tablilla sobre la que se escriben signos. Que deben ser leídos y descifrados. Todas las realidades de la creación son significados reconocibles para los sentidos. El signo es el punto de reconocimiento, el punto de arranque del entender. Es necesario volver a exponer esto varias veces para abrirse paso en el entendimiento acostumbrado únicamente a separar, y que no es capaz de separar y a la vez unir. '¿En qué relato, más allá de Allah y de Sus signos, van a creer?' Si la humanidad no puede 'leer la creación' o leer la existencia, entonces ¿qué relato van a leer y aceptar? Esto es ¿de qué sirve que las criaturas inventen una narración que explica la existencia, cuando las realidades de la creación son ya una lectura lineal de cómo-es?

Entendemos el Corán -el libro de la existencia- por medio del Corán. Entendemos, por lo tanto, la creación mediante la lectura de la creación. Lo que hay que adquirir es la capacidad de reconocer los signos; esta ciencia es la más grande de todas y la más alta forma de gnosis. Este es el conocimiento definitivo, el conocimiento que se traba con el Más Alto Signo, porque Allah es el signo propio de Sí Mismo. La esencia de la existencia señala hacia el Real. El más alto conocimiento, como vamos a descubrir, es la más alta indicación. Porque el conocimiento del Real supone un nuevo cruzar al otro lado por parte del acto de conocimiento, otro salto, un movimiento que confirma la ausencia de asociación. El asunto se vuelve borroso hasta la incoherencia y la inteligencia vacila; no por falta de entendimiento, sino porque el entendimiento está deslumbrado por los significados que se vuelven cada vez más finos. Nuestro comprender nos sacará fuera del silencio para llevarnos a la afirmación completa y abierta de la sura -o forma- y luego de vuelta hasta sólo la expresión de letras, y de aquí otra vez al silencio, pero al final el silencio es distinto. El silencio del final no es el silencio del principio. Entre ellos se hallan las grandes manifestaciones del conocimiento.

Desde un punto de vista coránico, una sociedad que no extrae las pautas de su conocimiento directamente de la experiencia humana observada (de una observación que lee los signos personales y cósmicos transformativamente) está atrapada en un sistema ilusorio y engañoso de control general sobre la gente. Un control del estado o podemos decir faraónico, que depende de un sistema de signos inventado, incluso se podría decir que improvisado; de signos codificados hermenéuticamente de modo que no puedan ser comprendidos sin iniciación. Este cifrado secreto de significados implica que los que codifican dominan y manipulan la existencia. Los fines sociales de una sociedad así -una sociedad kafir, que rechaza los signos- no pueden menos de ser tiránicos, puesto que, aunque ofrecen al hombre el control sobre la naturaleza, el precio a pagar al final es que la naturaleza del hombre se rinda a ese mismo control. Es inevitable que este proceso manipulativo tenga que extenderse hasta el propio proceso vital. 'Cambiarán la creación,' se dice en el Corán. No se 'altera' la realidad de la creación hasta que se interviene en el propio proceso vital; y la ingeniería genética es precisamente esta invasión contra un organismo cósmico que estaba funcionando perfectamente bien sin necesidad de entrometimientos. El concepto de una existencia incompleta, inacabada, necesitada de auxilio, está lejos de ser un modo de entender la vida 'avanzado' y sofisticado; es más bien algo que podemos considerar como la mayor ignorancia y la más tenebrosa arrogancia social. Las mejoras que la sociedad kafir ha impuesto sobre la raza humana han tenido frecuentemente, una tras otra, resultados lamentables y de repercusiones a menudo desastrosas para la biosfera, y no digamos ya para el individuo solitario cuya experiencia vital en su integridad no es más que una esclavitud impotente al proyecto social faraónico: la pirámide del proceso de producción que nunca ha de terminarse.

Este totalitarismo político impuesto sobre el hombre moderno encuentra su base ideológica en un método y vocabulario pseudocientíficos. Ahora se admite abiertamente, incluso por los hombres de ciencia mismos, que el modelo científico que 'describe' la realidad es una ficción; pero, se afirma, una ficción que sirve y que bastará hasta que se presente otro modelo que sea más elegante, es decir, más eficaz y persuasivo. No debe olvidarse nunca que entre el discurso científico y el adoctrinamiento popular existe una cínica separación. Es decir que, mientras los científicos, chez eux, admiten alegremente la ficción base de sus estudios, las masas-educadas de estudiantes y de la plebe se retuercen bajo la autoridad de la ciencia, de sus crudas simplificaciones, de sus mandatos didácticos, de su sistema médico cambiante en el que la cura de hoy se revela como el agente inductor de cáncer de mañana. Mientras ellos se hallan embelesados por 'el hecho científico,' los especialistas evitan toda confrontación crítica, escudados tras el siempre cambiante 'modelo científico.' Es claro, por lo tanto, que lejos de 'hacer retroceder el tiempo' o de volver a la edad media, la enseñanza del Corán apela a una visión inteligente y bien informada de las realidades cósmicas y del conocimiento. Una ciencia coránica crearía un sistema completamente nuevo y una nueva experiencia cognoscitiva, como lo ha hecho ya en el pasado. Existen muchos más altos objetivos personales y sociales en el marco de las pautas del saber del Corán, que en la gelatina amébica improvisadora de las 'leyes' científicas.

La aridez de la vida del hombre de ciencia, el vacío inhóspito de su perfil biográfico, ponen claramente de relieve que su garra de pájaro, arañando la superficie del conocimiento, no le ha dado mucho más que lo que el hijo de Adán obtuvo cuando el cuervo le enseñó a cavar la tierra para ocultar el cadáver de su hermano asesinado. Como ser humano, el hombre de ciencia, a pesar de la enorme propaganda que recibe, no llega a inspirar la imaginación. Newton es un producto histórico insípido. Berthold Brecht, el gran autor dramático alemán, planeó un estudio de Einstein en el que éste era representado por el payaso torpe, Harpo Marx.

La teoría de paradigma unificado de la ciencia islámica pertenece a la existencia, no a un oratorio matemático improvisado precipitadamente. Ibn Sina y Al-Jabir concibieron sus obras a partir de su material cósmico directo. No se ha hecho nunca un estudio de los hombres de ciencia que examinaron la existencia utilizando el sistema coránico, porque para cuando los desafortunados árabes se dieron cuenta de que estos hombres eran grandes científicos, estaban ya, de lleno, dando culto en el santuario del cientifismo reductivo occidental y habían caído en un shirk declarado -la asociación de sus propios proyectos insignificantes con el proceso de la creación realizada por el Divino.

Cuando comience a estudiar el trabajo realizado sobre la base de los parámetros del conocimiento depositado en el Corán, el hombre podrá embarcarse hacia un rumbo de conocimiento, acción y descubrimiento completamente nuevos; ya que en este método coránico, el descubridor y lo descubierto no están separados. No pueden estarlo. Cuando Heisenberg y sus 'magos' esbozaron su nueva física, se pensó que había por fin llegado el adelanto decisivo. El experimento, se dijo, era válido únicamente desde "el punto de vista" del que realizaba el experimento. La observación tenía validez "sólo desde aquel punto de observación" y pareció por lo tanto que ambos habían sido unidos en el mismo concepto. Pero se trataba de la más deslumbrante de las decepciones. No existe en absoluto un modo auténtico de que las fórmulas matemáticas puedan incluir al formulador. Desde la posición existencial del observador, la muy cacareada 'precisión' del científico puede valer para lo que él describe, pero ¿cómo puede él mismo ser "descrito" matemáticamente? ¿Cómo es posible un cifrado matemático de la experiencia vivida? Sólo la lengua puede ocuparse de la experiencia humana; y esto sólo por acceso a una de las dos capacidades indicativas de la lengua, como pronto veremos. Sin el recurso a la que es la función más alta del lenguaje- y esto únicamente por las indicaciones de los signos- no hay modo ninguno de comunicar el conocimiento y la percepción interior del ser humano. De modo que la mágica fórmula cifrada de los científicos no es sino una mentira envuelta en un enigma. Ninguno de sus sondeos ha llegado al fondo de la existencia.

El error de que se llega al conocimiento royendo interminablemente los elementos básicos de la existencia con preguntas y dudas se revela como burla enfermiza de aquél para el que la existencia ordinaria es inaguantable. Por debajo de las interrogaciones 'científicas' se encuentra el sencillo tormento de una persona enferma, para quien los meros hechos dados de la existencia son intolerables. Esta es la indicación coránica de tal condición, seguida de su realidad subyacente:


" Cuando dijo Musa a su pueblo, Allah os manda que sacrifiquéis una vaca. Respondieron: ',jTe burlas de nosotros? Y dijo: Que Allah me libre de estar entre los ignorantes.

Dijeron: Pídele a tu Señor que nos aclare cómo ha de ser.
Respondió: Dice que sea una vaca ni entrada en edad ni prematura, sino intermedia.
¡Haced lo que se os ordena!

Dijeron: Pídele a tu Señor por nosotros que nos aclare de qué color ha de ser.
Y respondió: Dice que sea una vaca de color azafranado intenso, que alegre a quien la vea.

Dijeron: Pídele a tu Señor por nosotros que nos diga cómo ha de ser, pues todas las vacas nos parecen semejantes y de verdad que, si Allah quiere, encontraremos el camino.

Respondió: Dice que sea una vaca que no haya sido subyugada ni para arar la tierra ni para regar el campo, intacta y sin ninguna marca.

Dijeron: Ahora has traído la certeza.
Y la degollaron, aunque poco faltó para que no lo hicieran.

Y cuando matásteis a uno y disputábais acerca de ello; Allah puso al descubierto lo que ocultábais.

Dijimos ¡Tocadlo con un miembro de ella!
Así es como Allah hace vivir lo muerto y muestra Sus signos para que podáis comprender. (2: 67-73)".

Hay muchos elementos extraordinarios en esta representación clave del entendimiento humano enloquecido. No puede dejar de verse en ella el desfile demencial de biólogos y zoólogos de los últimos cien años, recorriendo la tierra, catalogando desesperadamente las criaturas terrestres; inmersos en apariencia en una intensa búsqueda de conocimiento, cuando en realidad no eran sino parte de un movimiento coordinado para conquistar nuevos territorios y para controlar el orden natural. ¿Cuál es el conocimiento al que se llegó? ¿Para qué sirve la información lineal que se tiene de un todo complejo, en el que todo significado se halla incrustado de manera que, si se extrae, el organismo vivo, que ocupaba su lugar en una existencia ordenada y enormemente compleja, es ahora un objeto etiquetado, despojado de su identidad al ser sustraído de su marco natural, aprisionado en una jaula de hierro, en un lugar lejano, en un clima extraño, para ser contemplado por niños solitarios y autistas, desde la triste jaula de su instruida educación? La corriente interminable de datos superfluos y sin asimilar yace durmiente en los archivos de los templos áridos de la 'universidad' y de la biblioteca. ¿Cuántos millones de ranas han sido sacrificadas en el altar de este ídolo ridículo de la ciencia moderna? ¿Cuántos monos han sido torturados en experimentos, sus cerebros implantados con electrodos para descubrir maneras más sofisticadas de torturar al propio ser humano? Estas preguntas no proceden de la simple compasión de la persona que no ha sido convencida por el gran simulacro de esta ciencia que descansa sobre escuálidos cimientos en las abominables aulas del mundo moderno. Son preguntas que proceden más bien de ver que la gente cree de verdad en el proceso del conocimiento que procede de las universidades y de las escuelas del mundo actual. El hombre y la mujer ordinarios de la 'sociedad del progreso' de la cultura dominante son, de hecho, los seres humanos más ignorantes que hayan recorrido nunca la superficie del planeta. Desde la cuna hasta la sepultura, todos los procesos naturales de la vida les han sido quitados de las manos, realmente desde el nacimiento mismo hasta la muerte. No tienen conocimiento de sí mismos, no tienen conocimiento de su cuerno, no saben asistir al parto de sus hijos ni enterrar a sus muertos.
Les han arrebatado todos los procesos sociales. Son controlados por un grupo de élite sobre el que no tienen a su vez ningún control. Son defendidos y combatidos por un cuerpo militar tecnológico sobre el que no tienen control ni capacidad de mando. Son gobernados por un proceso que es en alto grado espúreo y que les deja indefensos, pasivos; ciegos con respecto al objetivo social y vacíos en cuanto a los fines personales. A pesar de esto, la retórica de la cultura dominante les informa que son el pueblo, que son soberanos y que las decisiones son de ellos y por ellos.

La esquizofrenia -la identidad dividida- fue la locura de la cultura industrial. El autismo es la locura de la sociedad actual -es decir, que la criatura humana ha sido convertida en un autómata, en una máquina totalmente condicionada. El niño autista devuelve a sus padres el eco de la inhumana abdicación que han hecho de su propia humanidad, de la parálisis de sus sentimientos y de la inercia de su propia interioridad. Los padres, que se han vuelto como los procesos automáticos con los que viven y a los que veneran, ven cómo sus propios hijos, su propio secreto oculto, desde la profundidad de su conciencia infantil, en un último intento desesperado de conseguir el reconocimiento, han decidido comportarse como las máquinas que ellos, los padres, veneran. Pero sin interioridad no puede haber reconocimiento. Y sin reconocimiento no se puede descifrar el proceso cognitivo mismo sobre el que está fundada la vida. La ignorancia de sí mismo es por lo tanto ignorancia cósmica, ya que el cosmos es la separación de la criatura humana, y la criatura humana es la unificación de la multiplicidad cósmica.

Así pues, esto es lo que encontramos en este extraordinario episodio del Corán: que a través del rechazo neurótico de la transacción cognoscitiva se llega a la clave de su cura. El hombre mata al hombre por su terca ignorancia. El hombre esconde sus impulsos destructivos -no parece que los padres autistas sean los autores del síndrome autístico de los hijos. El Creador dice: "¡Tocadlo con un miembro de ella!" Tocad el cuerno muerto con una parte de ese cuerpo, sin interferencias desde el exterior. Todo el organismo está completo en sí mismo. Auto-función es función cósmica. Esto da vida a los muertos. En otras palabras, existe dentro de la criatura humana un camino hacia la cordura, la vida y la salud. Tocad el yo con una parte del yo. Tocad la facultad cognoscitiva desde dentro de la zona de cognición. Esto volverá el yo a la vida. Esto despierta. La cognición ordinaria es ilusoria. La cognición ordinaria es un estado de trance. La cognición ordinaria no puede ver el engaño de los magos del Faraón. Debe ser transformada por sí misma, o mejor, con parte de sí misma, esa parte que se ve a sí misma viendo. El proceso de tocarla con una parte de ella misma tiene como fin 'que puedas utilizar tu intelecto'.

El episodio del Corán continúa:

"Luego, y a pesar de esto, sus corazones se endurecieron y se volvieron como las piedras o aún más duros.
Pues hay piedras de las que nacen rios.
Piedras que se quiebran y mana de ellas agua.
Y piedras que se vienen abajo por temor de Allah.
Allah no está descuidado de lo que hacéis". (2:74).

Aquí están claramente indicados los diferentes efectos que los distintos modos de conocimiento y de comportamiento dejan grabados en el yo que los experimenta. Aquellos cuyos interrogantes persisten, basados no en un deseo genuino de conocimiento, sino más bien en la incapacidad enfermiza para leer los signos existentes, descubren que sus corazones se han vuelto duros. Sin embargo el corazón humano puede volverse una fuente de conocimiento, derramando aguas de vida. El corazón puede ser colmado con el reconocimiento genuino de la realidad cósmica y de su secreto oculto y 'venirse abajo por temor de Allah'. Estas son las formidables capacidades de la criatura humana, tanto positivas como negativas. ¡Y qué limitado es el producto de la cultura dominante! ¡Qué amplio es exteriormente y qué estrecho interiormente! ¡Qué abierto es exteriormente y qué cerrado interiormente! ¡Qué brillante exteriormente y qué oscuro interiormente!

Unas pocas aleyas más adelante, el Corán sigue:

"Los hay que no saben leer ni escribir y no conocen el
Libro, tan sólo son sus deseos.
Y no hacen sino suponer.
¡Ay de los que reescriben el Libro con sus propias manos y luego dicen: Esto procede de Allah! Lo hacen vendiéndolo a bajo precio.
¡Ay de ellos por lo que han escrito sus manos!
¡Ay de ellos por lo que se han buscado!" (2:78-79).

Aquí la revelación denuncia a aquéllos que, sin enseñanza, inventan un Libro de conocimiento, un sistema de sabiduría, una cosmología, una cosmovisión. 'No hacen sino suponer,' dice el Corán, rechazando magistralmente una cosmología basada en la especulación que es el método de la ignorancia, contraria y por encima de la visión que es la facultad de reconocer. pretenden que es realidad lo que sólo es ficción. El lenguaje simbólico inventado, el vocabulario elitista, la exaltación social de aquellos que presentan el mensaje mágico; nada de esto puede ocultar la realidad subyacente de que su cosmovisión es, cuando se traduce a un lenguaje sencillo, una ficción vacía con la que se recubre una profunda ignorancia de los principios fundamentales del funcionamiento de la creación. La existencia no es difícil de entender. No existe el misterio de la existencia. Todo está al descubierto para que la humanidad lo vea y lo reconozca. La ciencia del conocimiento, que no está basada en 'pensamientos' sino en visión, ha estado siempre a disposición de la raza humana a través de las enseñanzas transmitidas por los Mensajeros. Descubrimos esta ciencia desde el principio de la historia del hombre. La única ciencia que ha descendido hasta nosotros, la ciencia transmitida de la percepción interna directa, libre del velo de los sentidos, que se encuentra en las primitivas enseñanzas del Tao. Se encuentra en los excepcionales mensajes cifrados de los maestros Ch'an, que extrajeron las enseñanzas en su pureza de una fuente dos mil años anterior a ellos. Se encuentra en el testimonio todo de los gnósticos del Islam, desde los Compañeros que vivieron hace mil cuatrocientos años, la Gente de Suffa, hasta los grandes maestros sufíes, Imam Yunayd, Mulay Abdalqadir al-Yilani, Naqsabandi, Shadhili, y Darqawi.
Desde el principio, junto con esta enseñanza, se puede trazar la historia de su supresión. A veces por tiranos políticos que no creyeron en nada, y a menudo por gente que deseó desactivar este conocimiento para poder gobernar a través de conceptos y rituales y lo que hoy llamamos 'religión'. Pero esta enseñanza no es 'religión', es pre-religiosa. Es el Camino de los 'Hanif ', el antiguo camino de Ibrahim. Precede al sistéma de las religiones estructuradas. Es pre-sacérdotal, pre-erudición. Y cuando surge, es reconocido por lo que es: una sabiduría-bruta, una ilustración lisa y llana, la conmoción del encuentro con el cómo-es. Su marco exterior es la libre aceptación de exigencias morales, el acuerdo contractual con la existencia de vivir dentro de unos límites morales, como los límites a los que está sujeto el cuerpo. La forma exterior es aceptada, porque esta forma misma es el secreto del Real. 'Allá donde te vuelvas está la Faz de Allah.' Encontramos por lo tanto incluido en la confrontación coránica el reto de mirar cara a cara a la existencia. Se explica a sí misma para nosotros. O mejor, Él, el Real, gloria a Él, se explica a Sí mismo para nosotros a través de las indicaciones de Su poder en las realidades de la creación. No necesitamos a los sacerdotes, a los hierofantes, a los magos, para aplacar el poder peligroso de la creación, o para controlarlo, o para darnos la ilusión de que pueden controlarlo. No necesitamos entregar nuestro vivir y nuestro morir a los santos hombres de ciencia que nos quitan la existencia de las manos y nos hacen esclavos de su mágica e inútil actividad de producción. Si seguimos a los magos, somos conducidos a una vida sin objeto. El objeto nos ha sido indicado en el Libro y la clave para alcanzarlo está clara en los signos que aparecen en el horizonte -los signos cósmicos- y en el yo, los signos internos. El objeto es Uno. Y sólo existe el Uno.

El Mensaje propiamente dicho ha sido comunicado con signos claros. El Corán nos exige un intercambio cognoscitivo con el proceso de la creación que es, en sí mismo, doble. Y a un intercambio cognoscitivo con el propio Libro que también es doble. Estas dobles capacidades son las que constituyen el círculo completo de la experiencia cognoscitiva del ser humano. Por esto, es axiomático que en la transacción del conocimiento pleno se dé tanto un compromiso con la realidad cósmica como con una experiencia intelectiva. Sin embargo, si reducimos estos elementos esenciales a dos, como en la exposición anterior, no definiriamos bien la cuádruple gnosis de rica textura asentada por el Corán. Uno de los elementos que se demuestra imposible para los llamados filósofos es que en la ciencia de la gnosis, y por lo tanto en la cognición, es necesario decir dos cosas al mismo tiempo. Puede ser esencial a veces que estas dos cosas sean contradictorias. Y su clasificación como paradoja, lejos de aclarar el asunto, lo que de algún modo consigue es oscurecerlo de una vez por todas, al negar la propia experiencia cognitiva que hace falta, y al volver a colocar al sujeto en su posición primitiva de 'observador'; la posición precisamente que el concepto doble iba encaminado a destruir. Todo libro de base filosófica que trate de la confrontación existencial gnóstica es, por definición, una falsificación; la translación de una experiencia multi-dimensional a un concepto uni-dimensional. Menos adecuada aún que hacer el dibujo de una escultura. Cuanto más 'preciso' se vuelve el analista científico, más se le escapa su tema.

Hagamos con otras palabras la afirmación anterior. Es axiomático que en la transacción del conocimiento pleno se dé, por un lado, un comprometerse con la oposición yo/cosmos y, por otro lado, con los dos modos intelectivos opuestos. Si hemos de llegar a una comprensión clara del proceso del conocer, se requiere que comprendamos primero esta doble función del yo experimentador. Para conseguirlo, primero examinaremos cada una de ellas por separado, para hacerlo después en conjunción con su opuesta. Finalmente volveremos a colocar ambas dualidades en mutua oposición.